jueves, 17 de enero de 2019

Nuestros mundos

 Voy a construir un mundo en el que no estés, al que no puedas entrar, ni siquiera en mis recuerdos. En el que pueda encerrarme conmigo mismo. Sin preocupaciones, ni falsas esperanzas. Donde pueda ser honesto mintiéndome a mi mismo. Un lugar efímero sin horas, ni segundos, ni minutos, que durara para siempre.
Pero también voy a construir un mundo solo para ti, en el que nadie más pueda entrar, un mundo de amor y perdones eternos, donde puedas pasar el tiempo lejos de todo lo que alguna vez te haya hecho mal. Un mundo imperfecto y libre del cual solo tu tendrás la llave y espero algún día me dejes entrar.

Por Germán Rodriguez


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Navidad


-          Es fácil - dijo ella mientras pasaba sus manos por mi rostro. Tenía razón, lo era y para ser honesto me asustaba un poco que lo fuese. Las palabras me ahorcaban y tuve que escribirlas para no olvidarlas. Por un segundo todo tenía sentido. Incluso la navidad y las copas llenas y los llantos de los niños que esperaban sus regalos. Todo parecía encajar. Ella parecía encajar. Eso también me daba algo de miedo. Caminamos con los pies descalzos. Era de noche pero la luna alumbraba como un sol extraviado entre las estrellas. Nuestros dedos se entrelazaron y por primera vez pude sentir la simpleza de la que me hablaba. La abrasé como si fuese para siempre. Deseando que lo fuera. -  Es fácil – susurré antes de dormir pero ella ya no estaba ahí. La Navidad había terminado, las copas estaban vacías y los niños ya no lloraban porque ahora nada volvería a encajar.

Por Germán Rodriguez.



lunes, 17 de diciembre de 2018

Una pistola en la cabeza a los once y una en la cintura a los trece


-   Todo empieza robándose algo chiquito, bien pequeño, algo que nadie va a notar, que esté al alcance de tu mano y que nadie va a saber que fuiste vos. Empezas con unos anteojos, después los anteojos no alcanzan, ya quieres algo más grande. Un día ves la tele que te gusta en una casa y pensas ¿Por qué no? ¿Por qué yo no puede tener eso? Y lo haces, y yo lo hacía con gusto, porque creía que todo el mundo tenía la culpa de lo que me pasaba a mí.
Siempre me las arreglaba para no volver a mi casa. No me gustaba estar ahí. Mi mama era prostituta y trabajaba por las noches, y yo durante el día, me la pasaba en el colegio entonces no la veía nunca. Me daba rabia que ella fuese prostituta y no tuviese tiempo para mí, me daba rabia que me moliera a golpes sin razón. Era un nene, no me tocaba eso a mí. ¿Qué hice yo? Me preguntaba mientras me cubría cuando se metía en mi cuarto por las noches y se abalanzaba sobre mí - Hizo un silencio y agachó la mirada en busca de una respuesta que no encontraría en el piso, ni en ningún lugar – Mis papas estaban separados y a él lo veía poco, mi papa solo tenía billete para putas y vino, y mi mama se la pasaba drogada tirada en el piso de la cocina. A ninguno le importaba que notas sacara o que quería para navidad. Guacho, a mi graduación de primaria no fue nadie, ninguno apareció. Vos no tenes idea la pena que sufre un niño de doce años con algo así. Todos estaban con sus familias, abrazados, sacándose foto, sonriendo felices y yo, solo, con los ojos que me lloraban de la bronca. Ese día llegué a mi pieza, cerré la puerta y me armé un porro. Desde esa noche no paso un día sin fumar marihuana.  
¿En qué me iba a refugiar sino?  ¿En qué? – Volvió a preguntar mientras extendía las manos-  Me metía toda la droga que podía. Me juntaba con todos los malandras del barrio porque cuando llegaba a la plaza o, a donde sea que estuviesen parando, me abrazaban, me daban la mano y me preguntaban cómo estaba. Yo no sabía lo que era eso,  y pensaba  “Guau, estos manes me quieren más que en mi casa” y un día empecé a hacer lo que hacían los manes que admiraba: Robar.
Así me crie, entre putas y bandidos, con una pistola en la cabeza a los once años y una en la cintura a los trece. Yo con una pistola me creía Superman. Es más te digo, Superman me quedaba chico. Mientras los otros guachos de mi edad ponían los dientes bajo la almohada y le hacían la cartita a Papa Noel, yo aprendía a hacer balas con pólvora, dinamita  y cinta negra. Las presionaba, las metía en un mortero y bum!  A los diez años ya le estaba tirando a los gatos por ahí y a los once estaba fabricando balas en la cocina de mi casa y tirándosela a la gente. A los once putos años.

Por Germán Rodriguez.



miércoles, 14 de noviembre de 2018

Tres años en el camino


 En la mochila, agua y un libro. La remera cortada y algo de plata para la arepa, la tapioca o lo que sea  que se venda en la calle. Con los auriculares sonando. Caminado. Mirando alrededor. Así son mis días. Simples. Con menos en el bolsillo y más en la cabeza. Atravesando playas, ciudades, selvas, pueblos o desiertos. El caribe o el amazonas son lo mismo para mí. Parando en el mejor hostal o durmiendo en una estación abandonada al costado de la ruta. No importa mientras sea con las personas correctas. Porqué en tres años en el camino aprendí una cosa: Viajar es acerca de las personas. No se trata de playas de arena blanca y agua cristalina, ni  de animales exóticos o comidas afrodisiacas. Es sobre la gente que está a tu alrededor. Ellos son los que hacen a los lugares. Los que trasforman un arroz en la comida más rica del mundo o una simple caminata en el tour más adrenalinico. Ellos marcan la diferencia. Amigos tan efímeros como inolvidables que empiezas a admirar y te cambian para siempre. Y también aprendes, que soltar es parte de seguir adelante, de avanzar.  Porque la vida está en el movimiento y girarla es lo que le da sentido. Y yo decido hacerlo con todas mis fuerzas porque, a veces, una vida es demasiado poco para cumplir tus sueños y no creo que necesitemos tanto equipaje para ser felices.
Dejar ir es la mejor manera de crecer y también de viajar.

Por Germán Rodriguez.



sábado, 10 de noviembre de 2018

Hablemos


Hablemos de fracasos, de batallas perdidas, de decepciones y de amores imposibles. Hablemos de canciones tristes, de guitarras rasgadas, de cervezas derramadas. Hablemos de nosotros, de botellas rotas y de kilómetros perdidos, y así cuando no podamos más, cuando nuestros pechos se ahoguen en el silencio y nos obliguen a callar, hablemos de triunfos, del futuro, de ideas valientes y de las locuras que nos mantienen vivos. De vasos llenos, ilusiones frescas y de reencuentros. Hablemos de nosotros, de lo que podríamos haber sido, de lo que somos y de lo que fuimos. Hablemos y aunque no digamos nada te lo ruego, por favor, hablemos.


Por Germán Rodriguez.


sábado, 3 de noviembre de 2018

La revolución de los marginados


La culpa de clase está al acecho de la clase media (la clase alta ni siquiera tiene la decencia de sentir culpa) a toda hora y  la mitigamos  con acciones tontas, que nos hacen sentir parte de la sociedad que realmente ignoramos. Al ayudar a un ciego a cruzar la calle o al darle una moneda desde una camioneta calefaccionada a un chico que se está muriendo de frio en un semáforo. Eso nos hace sentir bien y hasta por un segundo pensamos que estamos cambiando algo. Que si todos hicieran algo así el mundo sería un lugar mejor.  Aleluya. Pero la verdad es que no cambiamos nada, que damos migajas de las migajas. Sobras de nuestras sobras.
Ellos lo ven, ahí crece el odio, en las acciones mediocres. En los gobernantes mediocres. En nuestra mezquina solidaridad adquirida de la televisión, de las curvas sensuales y los bailes baratos. Algún día van  a venir a tomar lo que es suyo y no va a haber migaja que los frene. Las balas no van a alcanzar tampoco. La revolución de los marginados salvarà al mundo.

Por Germán Rodriguez
Fragmento de mi segunda novela "Los días sin camino".



viernes, 12 de octubre de 2018

Putas y pobreza, parcero. (El lado b del caribe)

Allá  a lo lejos, donde no llega la wi-fi de los hoteles cinco estrellas, ni los sombreros de mimbre de los turistas, la basura se acumula como las putas en la plaza. Los venezolanos no dejan de llegar con niños y caramelos. Acogidos y extraviados duermen donde pueden. Viven y comen como pueden. Arepa o basura da lo mismo. Uno adivina a Caracas como la  nueva capital colombiana. El exilio es más real de lo que parece. El caribe es el hogar de los que menos tienen pero ellos no salen en la foto, la arena blanca se ve más bonita.
Con las patas embarradas y los ojos perdidos, así se cría la generación que viene. Recicladores de la cuna, porque de la basura se vive y se muere y ellos no paran de renacer. Ya son parte del paisaje. De la selva urbana. El arequipe de cada esquina. Gracias a Dios está el bazuco para olvidar, parcero.
El tiempo pasa y  las putas siguen ahí.  Cazando.  Pagando la carrera y la comida a punta de cartera y cocaína.
Mientras los chamitos se pasean con sus caramelos mirando como la vida les pasa por encima.
Acá no hay playas de agua cristalina, ni mojitos debajo de una palmera.  Acá las calles son un mierdero bien berraco y la cerveza se toma caliente. La gente duerme en cada sombra y la pobreza brilla más que el sol. Acá nada es turismo. Todo es realidad.


Por German Rodriguez
PH: German Rodriguez