sábado, 20 de abril de 2019

Miradas en el camino



Una mirada, solo eso, puedo ofrecerte. Sin promesas, ni certezas en mi mochila, es todo lo que tengo. No hay mucho más en mi ecuación y sé que se encuentra bastante lejos de la perfección, lo siento. También cargo algunos arrepentimientos y aunque ya no es tiempo de perdones, lo lamento de todas maneras.
Ya no queda nada de nosotros, solo algunas oraciones sucias con tu perfume que una parte de mí se rehúsa a olvidar. Se niega a dejar de escribirte, como si mi literatura ya no fuese mía, como si la hubiese perdido cuando te vi por última vez. 


Por Germán Rodriguez.










sábado, 23 de marzo de 2019

Metáforas sobre el amor


Salí del bar tambaleándome. Caminé hasta el parque más cercano. No había nadie. No hacia frió, ni calor. Estuve horas, o tal vez solo minutos, mirando la luna, pensando en todas las decisiones erradas de mi vida, en cómo había terminado en aquel lugar. Solo. Demasiado solo. El reflejo de la luna contra la oscuridad de las nubes me recordaba a ella.  Me recordaba que la había perdido. 
¿Que estará haciendo ahora?
Me preguntaba e imaginaba nuevas respuestas. Respuestas que no quería oír. Respuestas que sangraban. 
Pero la luna seguía ahí. Cada vez. Empezando y terminando ciclos. Debía de haber un centenar de buenas metáforas sobre el amor allí, pensé. No se me ocurrió ninguna.  
Escuché algunas pisadas que intenté ignorar. Había un hombre parado a mi lado. Fumaba marihuana. Se acercó un poco más. Era apenas mas bajo que yo. Escupí. Metió su mano derecha dentro del pantalón. Buscó algo por unos segundos y apoyó la pistola en mi frente. Sonrió. Pude ver su dentadura entera. Sonreí también. Nunca había visto una pistola. Se veía más pequeña que en las películas. La punta apenas rozaba mi frente. Estaba fría.  Vaya, ahí si había una buena metáfora sobre el amor, pensé. No dijo nada. Yo tampoco. Tragué saliva y escondí el miedo en la indiferencia. Tan solo me miraba fijo, sin pestañear, como intentando encontrar algo en el reflejo de mis ojos. Repasó su lengua sobre sus labios. Esos segundos duraron màs de lo que debían. Guardó la pistola con la misma tranquilidad con la que la había sacado y se marchó sin decir una sola palabra. La luna seguía ahí. 
¿Que estará haciendo ahora? 
Me pregunté en un suspiro y las respuestas seguían sangrando. 

Por Germán Rodriguez.



lunes, 18 de febrero de 2019

Su sonrisa

Honestamente, pensé que no la volvería a ver nunca más. En realidad, era más una sensación que un pensamiento. Escribí unos párrafos para ella, sobre su sonrisa. Me hubiese gustado mucho leérselos. Eran cursis y ordinarios pero honestos, quizás lo más honesto que había escrito en mucho tiempo. No había metáforas forzadas, ni endulzamientos innecesarios. Era realidad. Eramos realidades. Lo seguimos siendo. Solo que ahora, ya no esta y escribo para recordarla y, quizás, si endulzo un poco más las palabras y uso metáforas un tanto forzadas para no sentirme tan solo.

Por Germán Rodriguez.



jueves, 17 de enero de 2019

Nuestros mundos

 Voy a construir un mundo en el que no estés, al que no puedas entrar, ni siquiera en mis recuerdos. En el que pueda encerrarme conmigo mismo. Sin preocupaciones, ni falsas esperanzas. Donde pueda ser honesto mintiéndome a mi mismo. Un lugar efímero sin horas, ni segundos, ni minutos, que durara para siempre.
Pero también voy a construir un mundo solo para ti, en el que nadie más pueda entrar, un mundo de amor y perdones eternos, donde puedas pasar el tiempo lejos de todo lo que alguna vez te haya hecho mal. Un mundo imperfecto y libre del cual solo tu tendrás la llave y espero algún día me dejes entrar.

Por Germán Rodriguez


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Navidad


-          Es fácil - dijo ella mientras pasaba sus manos por mi rostro. Tenía razón, lo era y para ser honesto me asustaba un poco que lo fuese. Las palabras me ahorcaban y tuve que escribirlas para no olvidarlas. Por un segundo todo tenía sentido. Incluso la navidad y las copas llenas y los llantos de los niños que esperaban sus regalos. Todo parecía encajar. Ella parecía encajar. Eso también me daba algo de miedo. Caminamos con los pies descalzos. Era de noche pero la luna alumbraba como un sol extraviado entre las estrellas. Nuestros dedos se entrelazaron y por primera vez pude sentir la simpleza de la que me hablaba. La abrasé como si fuese para siempre. Deseando que lo fuera. -  Es fácil – susurré antes de dormir pero ella ya no estaba ahí. La Navidad había terminado, las copas estaban vacías y los niños ya no lloraban porque ahora nada volvería a encajar.

Por Germán Rodriguez.



lunes, 17 de diciembre de 2018

Una pistola en la cabeza a los once y una en la cintura a los trece


-   Todo empieza robándose algo chiquito, bien pequeño, algo que nadie va a notar, que esté al alcance de tu mano y que nadie va a saber que fuiste vos. Empezas con unos anteojos, después los anteojos no alcanzan, ya quieres algo más grande. Un día ves la tele que te gusta en una casa y pensas ¿Por qué no? ¿Por qué yo no puede tener eso? Y lo haces, y yo lo hacía con gusto, porque creía que todo el mundo tenía la culpa de lo que me pasaba a mí.
Siempre me las arreglaba para no volver a mi casa. No me gustaba estar ahí. Mi mama era prostituta y trabajaba por las noches, y yo durante el día, me la pasaba en el colegio entonces no la veía nunca. Me daba rabia que ella fuese prostituta y no tuviese tiempo para mí, me daba rabia que me moliera a golpes sin razón. Era un nene, no me tocaba eso a mí. ¿Qué hice yo? Me preguntaba mientras me cubría cuando se metía en mi cuarto por las noches y se abalanzaba sobre mí - Hizo un silencio y agachó la mirada en busca de una respuesta que no encontraría en el piso, ni en ningún lugar – Mis papas estaban separados y a él lo veía poco, mi papa solo tenía billete para putas y vino, y mi mama se la pasaba drogada tirada en el piso de la cocina. A ninguno le importaba que notas sacara o que quería para navidad. Guacho, a mi graduación de primaria no fue nadie, ninguno apareció. Vos no tenes idea la pena que sufre un niño de doce años con algo así. Todos estaban con sus familias, abrazados, sacándose foto, sonriendo felices y yo, solo, con los ojos que me lloraban de la bronca. Ese día llegué a mi pieza, cerré la puerta y me armé un porro. Desde esa noche no paso un día sin fumar marihuana.  
¿En qué me iba a refugiar sino?  ¿En qué? – Volvió a preguntar mientras extendía las manos-  Me metía toda la droga que podía. Me juntaba con todos los malandras del barrio porque cuando llegaba a la plaza o, a donde sea que estuviesen parando, me abrazaban, me daban la mano y me preguntaban cómo estaba. Yo no sabía lo que era eso,  y pensaba  “Guau, estos manes me quieren más que en mi casa” y un día empecé a hacer lo que hacían los manes que admiraba: Robar.
Así me crie, entre putas y bandidos, con una pistola en la cabeza a los once años y una en la cintura a los trece. Yo con una pistola me creía Superman. Es más te digo, Superman me quedaba chico. Mientras los otros guachos de mi edad ponían los dientes bajo la almohada y le hacían la cartita a Papa Noel, yo aprendía a hacer balas con pólvora, dinamita  y cinta negra. Las presionaba, las metía en un mortero y bum!  A los diez años ya le estaba tirando a los gatos por ahí y a los once estaba fabricando balas en la cocina de mi casa y tirándosela a la gente. A los once putos años.

Por Germán Rodriguez.



miércoles, 14 de noviembre de 2018

Tres años en el camino


 En la mochila, agua y un libro. La remera cortada y algo de plata para la arepa, la tapioca o lo que sea  que se venda en la calle. Con los auriculares sonando. Caminado. Mirando alrededor. Así son mis días. Simples. Con menos en el bolsillo y más en la cabeza. Atravesando playas, ciudades, selvas, pueblos o desiertos. El caribe o el amazonas son lo mismo para mí. Parando en el mejor hostal o durmiendo en una estación abandonada al costado de la ruta. No importa mientras sea con las personas correctas. Porqué en tres años en el camino aprendí una cosa: Viajar es acerca de las personas. No se trata de playas de arena blanca y agua cristalina, ni  de animales exóticos o comidas afrodisiacas. Es sobre la gente que está a tu alrededor. Ellos son los que hacen a los lugares. Los que trasforman un arroz en la comida más rica del mundo o una simple caminata en el tour más adrenalinico. Ellos marcan la diferencia. Amigos tan efímeros como inolvidables que empiezas a admirar y te cambian para siempre. Y también aprendes, que soltar es parte de seguir adelante, de avanzar.  Porque la vida está en el movimiento y girarla es lo que le da sentido. Y yo decido hacerlo con todas mis fuerzas porque, a veces, una vida es demasiado poco para cumplir tus sueños y no creo que necesitemos tanto equipaje para ser felices.
Dejar ir es la mejor manera de crecer y también de viajar.

Por Germán Rodriguez.